Por: Francisco Enríquez Muñoz


Mis padres tienen nostalgia por los viejos tiempos. Piensan que el pasado fue mejor. No se han enterado de que el mundo ya no es igual a ayer. De hecho, fueron ellos quienes construyeron el presente. Ellos nos llenaron de cosas que ni se imaginan, problemas que no se pueden resolver: SIDA, drogas, violaciones, películas tontas, un desinterés asfixiante. Ellos lo tuvieron todo: música, cambios políticos, ideólogos, guías espirituales, líderes sociales, escritores, pintores, cineastas. Pudieron cambiar el mundo y lo cambiaron: liberaron el placer sexual y nos atestaron de filmes porno; aceptaron la marihuana y nos dejaron inventos como el crack; creyeron en Lenin y lo cambiaron por el Libre Comercio; tuvieron a Warhol y publicaron El Libro Vaquero; tuvieron el rock y lo substituyeron por el disco. Eran los rebeldes con mil causas y no pudieron ni con una. Y todavía se dignan a reclamarme el famoso “olvido de valores”. ¡Bah…! Estoy seguro de que cuando los valores ya no aparecen es porque se perdieron en la generación anterior. Y más que un “olvido” hay una transformación de su significado.

Hubo una época en la que una especie de furia incontenible corría por las venas de los jóvenes, a quienes les urgía manifestar su sexualidad sin tapujos, demandar justicia o, simplemente, gritar tan alto como pudieran. Pero a partir de la represión del movimiento urbano y estudiantil de 1968, sobrevinieron efectos profundísimos en la vida de mi país (México) y de sus habitantes. Apuesto lo que sea que después de eso mi papá dejó sus ideales, «amor y paz» y «haz el amor y no la guerra», la greña larga y el morral al hombro a un lado, y se volvió temeroso. Más tarde se casó con mi mamá y tuvo un hijo, yo, y mi papá vivió, y sigue viviendo, como un hombre pasivo. Y a mí, por resultado, me ha educado para ser pasivo y no tener ninguna ideología de ninguna clase, ni siquiera religiosa. La razón es simple; cualquier ideología es peligrosa: paga un alto costo por su desafío directo al Poder. El Poder se apoda Gobierno, Jefe de Trabajo, Progenitores, Iglesia. El Poder lo único que busca es una preservación de modos de ser, de estilos de vida, de gente subyugada. Ahora, ¿puedo yo ser de otra forma? La respuesta para mí es negativa. Nada raro, después de todo soy un humano X-negativo-no future. La sociedad, la educación escolarizada, y la educación familiar no me enseñaron a ser de otra forma. Para empezar, por temor a que se repitan los dichos y hechos del 68, en las escuelas nos saturan de basura; nos hacen creer en historias para retrasados mentales sobre Niños Héroes que mueren por la Patria, mientras que el Presidente se roba el dinero del Pueblo; nos enseñan cosas que no aprendemos y que nunca usaremos. Por otra parte, también gracias a ese fatídico 2 de octubre, la sociedad se volcó a una clara tendencia al individualismo: «Primero yo, después yo y al último yo», y la familia, como consecuencia, se volvió decadente. En resumen, vivo y moriré entre décadas dormidas.

Hoy somos una juventud discontinua, fragmentada, desunida, sin cabeza y domesticable. Ardemos con injusticias y nos asqueamos con guerras. Pero hasta ahí. Sabemos que aunque peleemos por cambiar algo, cualquier cosa, no lo lograremos. Los primeros que no quieren que yo altere la realidad son mis padres. Ellos no aspiran a que yo sea un nuevo Che Guevara o alguien parecido y al mismo tiempo me exigen que haga “algo”. « ¡Yo a tu edad ya había hecho “algo” de mi vida!» Ese “algo” es estudiar o trabajar, ¿no? Yo estudio. Aun así mis papás me incitan a que haga “algo”. Mejor dicho: me incitan a que haga dinero. ¿Pero de qué trabajo si todavía no termino la universidad? En fin, imaginaré que el tiempo corre a la velocidad de la luz y ya salí de la universidad. Hay dos opciones:

A) No encuentro trabajo.

B) Encuentro trabajo pero no necesariamente tiene que ver con mis aspiraciones.

La población creciente ha complicado el mercado laboral e incrementado la necesidad de tener una mejor educación. Sin embargo, la educación en este país de bolsillo no es de buena calidad. Además, aquí la educación ya no representa un mecanismo seguro de movilidad social y de acceso al empleo. Por eso se buscan nuevas formas para capacitarse, más cortas y especificas. En el peor de los casos ya no creemos en el estudio, no le vemos ninguna función. Y la situación económica es tan mala que es casi imposible ver por otros: el hambriento, el sin trabajo, el que se quedó afuera, el imperfecto, el deforme, el oscuro, el negro, el indígena, el débil.

Hoy los jóvenes sobrevivimos. Nada más. Sin elección. Tal vez no creemos en algo, no cambiamos al mundo, no somos parte de nada, pero sobrevivimos, engañados por nosotros mismos (como todos lo han hecho), deprimidos pero cómodos, atrapados en una sociedad demasiado americanizada para ser mexicana y demasiado latina para formar parte del Primer Mundo, guiados por los medios masivos hacia una serie de edenes totalmente improbables, alimentados de mierda que se suaviza en el microondas, fanáticos de películas prescindibles, de música intrascendente, sin dinero, sin cerebro y sobrevivimos, luchando contra la realidad.

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